Por el centro y en línea recta

Rafa Congost

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pues bien, parece que como sociedad nos estamos empeñando en ser ciegos, sordos y con pruebas evidentes de estar perdiendo el olfato. Vivimos, aunque suene a frase muy manida, una situación política de una gravedad extrema (todo lo extremo se está poniendo demasiado de moda últimamente) y esta situación está repercutiendo excesivamente en la vida de los ciudadanos.

Hemos vivido épocas en las que la política, y por qué no decirlo, el politiqueo, permanecían al margen y transcurrían en una realidad paralela a la vida real del común de los mortales, pero en estos momentos están trastocando o trastornando pilares básicos para el desarrollo de una sociedad libre, democrática y avanzada.

Una situación económica muy difícil, con factores nuevos que están empeorándola por momentos, léase la guerra y todas sus repercusiones, y factores propios y casi endémicos, nos está llevando a una crisis generalizada y como consecuencia a una crisis de moral como hacia años que no sufríamos. Cuando digo crisis de moral no me refiero a una moral religiosa ni tan siquiera ética, me refiero a la moral de superación, a haber caído en la desmoralización, en el decaimiento, en el desencanto como sociedad. Pues no hay mejor caldo de cultivo para los extremismos que ese desencanto, esa desmotivación.

Un paro joven desorbitado en unas de las generaciones –otra frase manida- mejor preparadas de nuestra historia pero sin ninguna perspectiva de futuro, un paro en mayores de 55 años por las nubes y convertido, generalmente, en parados de larga duración, unos autónomos y emprendedores masacrados por la pandemia y antes y después de ella por la burocracia y unos gastos que hacen inviable cualquier iniciativa, sumado todo ello a unas pensiones muy ajustadas y atacadas por una brutal inflación, son el escenario perfecto para el resurgir de los populismos, extremismos, iluminados y salvapatrias, que con mensajes totalmente vacíos, están consiguiendo cuotas de representación que jamás hubieran soñado hace años y eso, aunque parezca exagerado y un tanto apocalíptico, es muy peligroso. La polarización en los extremos siempre será peligrosa.

España, aunque algunos se empeñen en querer hacer creer lo contrario, es una democracia, joven pero bien asentada, imperfecta, mejorable, inacabada, pero que para si quisieran la mayoría de los países del mundo entero y es ahí donde debemos de avanzar, en ese asentamiento, en ese perfeccionamiento, en esas mejoras y en una apertura de miras que nos permita llegar a todo ello.

Durante mas de 40 años de democracia, el bipartidismo ha vivido muy cómodo en su alternancia –escenificando enfrentamientos que rápidamente han sabido resolver a su conveniencia cuando han visto amenazado su, digámosle, “monopolio”-. Su estancamiento, su confianza en que lo tenían todo controlado, contentando a unos y a otros, solo con el fin de continuar repartiéndose el poder, les ha llevado a la creación de verdaderos hijos “malcriados” que cada vez les piden más y más y ante los que se ven obligados a ceder en la mayoría de sus exigencias. Ambos lados, izquierda y derecha, en lugar de poner pie en pared y buscar una línea coherente sensata que tenga como único objetivo el bienestar y la igualdad justa y libre entre los ciudadanos de toda España, se echan en manos de unos populismos nacidos del propio desencanto de una sociedad que no se ve representada en unos gobernantes que les están llevando a vivir cada vez peor únicamente y exclusivamente por salvaguardar sus propios intereses – esta palabra, intereses, lo incluye todo, poder, corrupción, perpetuidad en los cargos,…-, solo por mantenerse en su alternancia hegemónica a costa de lo que sea y todo esto sumado a unos liderazgos de una incompetencia cada vez mas demostrada. Causa y consecuencia.

 Es la pescadilla que se muerde la cola, “si quieres sobrevivir, me tienes que dar y como me das…., pues te pido más”. 

La gente se cansa con sus frustraciones, con la incoherencia de lo que está viviendo, sin pensar ni en ideología ni en programa  empieza a escuchar mensajes vacíos y demagógicos basados en la utilización de conceptos tan obvios y evidentes como pueden ser “Libertad” o “Igualdad” manipulándolos de la forma más simplista posible, pero que suenan bien.

Llegados a este punto hay votantes que piensan: “estos quieren reventarlo todo, pues a probar con estos”. Asumido esto, el bipartidismo, como ve que ya no llega solo, pues a pactar con quien sea, aunque sea con una pinza en la nariz (ejemplos nos sobran, tanto en el gobierno central como en autonómicos), todo antes que llegar a acuerdos con las opciones mucho mas centradas, más desideologizadas, más transversales, claras y practicas. No les interesa porque resultan mucho mas incomodas de convencer y contentar que con unas simples competencias florero, unas pocas migajas ideológicas o un reparto de millones al tun tun.

Reflexionemos un poco y pensemos que la mejor forma de gastar las suelas por igual es caminar en línea recta y por el centro, mirando al frente y girando hacia un lado u otro solo cuando hay un obstáculo pero pensando por que lado se salva mejor.

Quien no vea esto es porque lleva la venda puesta y quiere seguir sin ver. Por suerte, en España todos podemos quitarnos la venda cuando queramos o nos demos cuenta. Cuantas menos vendas mas claridad y menos traspiés. Todo lo más unas gafas de sol para evitar que los iluminados nos deslumbren.

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